Allí estaba yo, en aquella mesa redonda para dos compartiendo con mi futura esposa y a la espera de la cena en aquel evento de navidad, enamorados o al menos aparentando estarlo. El color rojo curtía todo el lugar debido a la época, las personas aparentando con sus vestidos el dinero que no tienen, promos ambulantes creados por el marketing de estos tiempos, 2011, año de la devastadora imagen que se reproduce como conejos o país asiático, sin duda hemos arrasado las tiendas ya nada nos satisface; el olor al pollo hornado, la ensalada de papas era un nada con la canela perfumada entre los pasillos del lugar , las torrejas fecundan olores ingratos para los que estaban afuera sin ser invitados, era otra cena mas, otro año más en la congregación a la cual he asistido desde que soy un infante. El evento cúspide de la feligresía durante todo el año, todos se preparaban para ello y el que llega tarde se queda sin mesa , sin silla y lo peor aun sin comida; en mi caso particular seria un cataclismo no comer torrejas, el pie de mi amada seduciendo mis zapatos negros a los que el cepillo les cae cada mes de por medio, por eso han durado tanto y no por ser de buena calidad puesto que los compre en el mercado san Isidro en una tienda de imitaciones panameñas donde me rinden el sombrero. Una hora había pasado desde que nos dijeron que ya casi estaba lista la cena, mi estomago hablaba ingles después de ese tiempo, mi prometida ya desesperada me advertía como si yo fuese el cocinero que quería respuestas, y es que las mujeres cuando se ponen así no saben que trastornó mental forman en la humanidad miserable de un hombre, si apenas podía con mi estomago, pretendía atender las necesidades del suyo, en ese momento el ornato del lugar se vuelve horroroso, nada calza bien, todo se vuelve de color distinto cuando el hambre asecha, y, en ese mismo momento, en ese instante de parodia esquizofrénica y tartamudeces fue cuando levante mis ojos a los 7 metros delante de mí y, mire de nuevo sus ojos, los ojos negros que ya habían dejado la moda juvenil de lentes de contacto azules y regresaban justo a mí en el momento menos pensado, estaba frente a mí, sentada con un escote negro, mejillas pálidas, por su habitual color blanco papel, mirándome y sujetando con sus ojos cada movimiento que hacía; no sé cuando tiempo tenia ella de estar allí, no sé cuantas muecas hice sin darme cuenta que era observado, quede atónito al verla de nuevo, los 7 metros de distancia que me separaban de ella solo advertían la cercanía o la comparación casual de las medidas de mi entierro, siempre creí que sus ojos eran como agudas espadas que me obligaban persuasivamente a ceder ante cualquiera de mis posiciones, jamás fui lo suficientemente valiente de hacer negativas ante su mirada de político con un diplomado comprado en cualquier universidad corrupta, ¡ah! Esos ojos, esos ojos, conocían mis temores y mis ansiedades, lo sabían todo, allí no cabía mi saco barato, ni mi camisa media cara, estaba desnudo ante ella sin poder esconderme, por casi dos horas me sentí acusado, pero reaccione de una manera violenta al ubicar mis sentidos y decirme a mí mismo, ya no le perteneces, ya no eres propiedad de ella, lo que había guardado por 20 años, 8 meses, 10 días, 36 minutos y 50 segundos estaba derritiéndose como plástico en un una hornilla de espiral al rojo. En ese momento me di cuenta por primera vez en todo este tiempo que tenia las riendas en mi mano, la sartén era mía, mi yo interior, el campeón de los mandilones había muerto en esa batalla de miradas al estilo viejo oeste sin mover siquiera mis dedos para acariciar el tambor de mi revolver, allí estaba yo, sintiéndome como sansón con cabellos renovados, listo para derribar los pilares, pretendiendo conocer que su mirada solo invocaba sentimientos tan bajos como solo los celos pueden demostrarlo. A 7 metros logre abrir el cerrojo de sus ojos y entre al celo de una mujer que todavía creía que era parte de su vitrina, como decía un viejo amigo “La mujer celosa es el animal más bravo” y sin duda siempre tuvo la razón, en la vida me he topado con animales que han querido destrozarme, pero me encontraba de cara al peor de ellos, al de colmillos más grandes y de pensar más precavido, sin duda el de sangre más fría, el que espera y endulza a su presa antes de devorarla, el espacio entre ella y yo se volvió una jaula donde los demás eran parte del público que recogió sus apuestas para sacar un vencedor, o ganaba ella o ganaba yo, yo había crecido no era el mismo púbero, ni el mismo mandilón, ya era el hombre de 33 años que pretendía tener el control ante el antecedente regalo de la tercera década, ella en su esquina contaba con sus mismas armas las cuales habían funcionado por 2 décadas, allí estaba ella, esperando que mi reacción fuese la misma, la del rogón que buscaba el pretexto para explicarle que pasaba en mi actualidad y renunciar a mi presente para seguir preso en su pasado, paso el tiempo e inesperadamente su mirada fue tornando, a tal grado de convertirse en los ojos más tristes que jamás he visto, su entorno se volvió casi gris ceniza, su brillo palideció ante el poder de mi nulo accionar, su brillo no era brillo natural sino mas bien mojados por alguna lagrima de antaño que nunca había corrido de sus mejillas, justo ese día, esa noche, en ese lugar, donde ambos habíamos jugado, donde ambos habíamos aprendido, su mirada se había envejecido y ya no me mandaba , ni me estafaba, allí sus ojos dejaron el sol fulminante de verano y se volvieron color frio, ojos de otoño. Ese día al fin entendí, allí estará ella, allí estaré yo, ya nunca más será para mi, ya nunca más seré de ella, al filo de un pasillo de 7 metros, el tiempo abrió y cerró el libro con el numero de la perfección, siempre estuvo aquí, siempre estuve en ella, ambos nos desnudamos sin palabras, ambos no cruzamos ni una sola j, esa noche comprendimos que la vida no te da lo que quieres sino lo que más necesitas, cenando con mi prometida, en un sueño que termino con la habitual alarma de las 6:15 am de un miércoles en el mes de Diciembre.